Archivo mensual: noviembre 2017

ARA SAN JUAN DESAPARECIDO

 

ARA SAN JUAN

No sucede muy a menudo, pero sucede. Por eso los submarinistas y todos los que trabajan con esas naves increíbles, de altísima tecnología, que son los submarinos, constituyen una raza especial, al margen de los demás marinos de combate y los marinos en general; tanto en tiempo de guerra, como de paz, asumen un riesgo muy superior al de cualquier otro buque, y por eso los métodos, protocolos y sistemas han de ser diferentes a los demás buques de guerra o militares. Ha sido, por tanto, de gran sentido común, casi un proceso inevitable, que los servidores del arma de submarinos se unan y compartan experiencias, en especial en lo que se refiere a métodos de salvamento y extracción de posibles submarinos hundidos o incapacitados. El desgraciadísimo accidente del KURSK en el año 2000 puso en evidencia que, cuando un sumergible sufre un siniestro y se va al fondo, el tiempo es oro, y no se puede perder un minuto; los ex soviéticos lo perdieron lamentablemente, y cuando al fin lograron superar los recelos y ponerse de acuerdo con sus colegas occidentales para que les enviaran sus sistemas de salvamento subacuático, los supervivientes del KURSK hacía días que habían muerto. La cruda lección hizo que los estados mayores se movilizaran, promoviendo periódicamente las maniobras BOLD MONARCH en las que medios de unos y otros son probados indistintamente en submarinos de todas las nacionalidades, garantizándose así su eficacia. Hoy día, gracias a estos operativos, sabemos que un moderno DSRV (submarino de rescate) puede sacar de un submarino averiado su dotación completa -de seis en seis- inclinado hasta 60º, en profundidades de hasta 600 metros de sonda. La operación, un poco arcaica, se recrea en la película NEPTUNO HUNDIDO, con Charlton Heston, David Carradine (el popular Kung Fu) y Stacy Keach “a los mandos” de ficción; del fracaso en el rescate del KURSK, por otra parte, se trata en el libro de V. San Juan EL TITANIC Y OTROS GRANDES NAUFRAGIOS, en el que se repasan someramente los medios empleados o disponibles para un rescate de este tipo.

El problema ¡ay! es que para emprender el rescate de un submarino hay que saber dónde está. A priori, la pérdida de contacto del ARA SAN JUAN el pasado miércoles 15 de noviembre con su base comunicando algunos problemas con las baterías no auguraba nada bueno, pero había circunstancias de peso a favor: el propio buque, un moderno submarino del tipo alemán TR 1700 diésel-eléctrico, es una nave muy bien construida, resistente y con medios de emergencia como una baliza emisora que puede destrincarse voluntariamente o automáticamente (como las que llevamos en cualquier buque, mercante o de recreo) para pedir socorro y señalar la posición. Por otra parte, la plataforma continental sudamericana ofrece sobre la carta naútica calados entre los 100 y 200 metros de sonda, es decir, perfectamente accesibles para los medios de salvamento disponibles si el submarino está averiado en el lecho marino. Pero un durísimo temporal ha hecho imposible que los 12 buques que participan en el rescate hayan conseguido encontrar nada en ¡una semana!, tiempo ciertamente preocupante.

La Armada Argentina, sobre el papel, ha podido disponer de dos submarinos reformados tipo 209-1200 alemán, los SALTA y SAN LUIS, y nada menos que cuatro TR 1700, los S 41 SANTA CRUZ, S 42 SAN JUAN, S 43 SANTA FE y S 44 SANTIAGO DEL ESTERO. No podemos menos que conmovernos con una armada que, como la Argentina, ha sabido conservar nombres de viejos navíos hispanos, advocaciones o nombres de santos, tan cabales y bellos como nuestra propia historia conjunta; y de un país capaz de proponer una flota de seis submarinos, exactamente el doble que la flota submarina española, que sólo tiene tres S 70 (Galerna, Mistral y Tramontana). Pero, como siempre, en Argentina los condenados políticos han tenido tiempo para forrarse pero no para dedicar los suficientes recursos a la flota, que sólo mantenía en servicio activo un tipo 209 y dos TR 1700, quedando definitivamente anulada la terminación de los S 32, S 43 y S 44, que, como nuestros célebres biscúters, han pasado la mayor parte de su vida desmontados en astillero, el CINAR de Buenos Aires.  Ahora se encuentran con otro en angustiosa y muy comprometida situación, con los familiares esperando noticias y sin ser capaces de dar respuesta.

En España también hemos vivido este tipo de coyunturas, aunque la memoria sea frágil y ya no nos acordemos por haber sucedido en tiempo de guerra, nuestra infausta Guerra Civil, cuando desaparecieron por motivos aún sin conocer los submarinos B 5 y C 5, el primero en aguas de Málaga, el C 5 en el Cantábrico posiblemente cerca (11 millas) de Ribadesella. Todos los avatares aparecen en el libro de Víctor San Juan BARCOS DESAPARECIDOS Y SU MISTERIO, editado por Sílex en 2012. Las peripecias del C 5 en aguas norteñas son conocidas pues algún superviviente, por designio divino (le tocó la lotería) no embarcó en el último viaje y pudo narrar las peripecias de los anteriores, que harían palidecer las famosas películas americanas tan al uso de últimos torpedos, submarinos rosas y la bahía de Tokio siempre presente, cuando no se convierte al sumergible en un fantasma que se debate en pulsos electromagnéticos para marchar a otros tiempos. La del C 5 del comandante José Lara Dorda, con el comisario político José Porto a bordo y siempre los dos como perro y gato, hundiéndose sin control hasta posarse salvadoramente en el fondo, no habría dejado insatisfecho ni a mismo Wolfgang Pedersen cuando filmó DAS BOOT, posiblemente el mejor film de sumergibles jamás rodado. Tras una amplia sesión de “fontanería”, el comandante Lara reunió a su gente y les informó de la situación: no se sabía cuánto aire comprimido quedaba en las botellas, así que se la jugaban a cara o cruz. En silencio sepulcral, abrieron las llaves de paso y el C 5 ¡Oh, maravilla!, despegó del fondo y vino a superficie. ¿Vuelta a nacer? Sin duda alguna, como todos esperamos que consiga el SAN JUAN. 

En la siguiente misión del C 5, sin embargo, a principios de 1937, desapareció con toda su dotación, informándose tan sólo de una gran mancha de petróleo en el sitio mencionado. No disponía el buque español de baliza ni medio de comunicarse alguno; el SAN JUAN sí lo tiene, pero las noticias que han ido sucediéndose han sido igual de malas. Primero fue una explosión detectada en el golfo de San Jorge por el instituto sismológico de Austria, finalmente el 30 de noviembre, 15 días despues del último contacto, la Armada argentina ha perdido toda esperanza de encontrar alguien vivo. Por el último mensaje del SAN JUAN sabemos que el agua entró del snorkel al circuito de ventilación, y de allí se abrió paso a las bandejas de baterías, donde provocó un pequeño incendio. Este accidente, que en un submarino AIP podía haber sido gravísimo (las células de combustible contienen oxígeno e hidruros altamente explosivos) en principio no tenía que haber sido grave en un submarino convencional, con baterías de plomo-ácido, como es el ARA SAN JUAN. Pero algo ha debido ir mal, no se sabe qué, y antes de ponernos a especular y hacer gestos morbosos del horror claustrofóbico de los submarinos como ya se ha empezado a hacer en televisión, habrá que esperar a que se encuentre el submarino, se confirme la explosión y se pueda hacer un análisis serio del siniestro. Mientras tanto, sólo queda dar el más sentido pésame a la familia de estos 44 submarinistas, muertos, como los del C-5, por su patria. Para que el Mar Argentino pueda estar defendido por un consistente sistema que evite intrusiones invasivas como la de la Guerra de Las Malvinas, haciendo correr grave riesgo a los invasores; mas lo cierto es que quien ha corrido el riesgo, dejando ahora todo el sistema cuestionado, han sido los propios argentinos, que tendrán que analizar -pues los trapos sucios se lavan en casa- qué es lo que ha pasado.

 

 

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