75 AÑOS DE PEARL HARBOUR

arizona-memorialTres cuartos de siglo hace (el pasado día 7) desde el desastre naval de Pearl Harbour en diciembre de 1941, cuando apenas quedan ya unos venerables ancianos supervivientes de aquel “día de la infamia” para el presidente Franklin Delano Roosevelt, que condujo, entre otras cosas más importantes, a los cuatro años de guerra naval de características más potentes, salvajes y -paradójicamente- avanzadas de la Historia, que culminó con la increíble “poli-batalla” del Golfo de Leyte en la que la Teikoku Kaigun (Armada Japonesa) firmó su propio certificado de defunción, seguido del inútil sacrificio del super acorazado YAMATO en Okinawa y el tremendo aldabonazo final de Hiroshima y Nagasaki, por todos conocido.

Pearl Harbour resulta tan trascendental que, en nuestros días, no hay más que visitar la isla de Oahu para darnos cuenta de su relevancia; allí queda el enorme resto del acorazado ARIZONA, del que aún se escapan “hilillos” de petróleo, convirtiendo la bahía Perla hawaiana en lo que lo ha transformado la US Navy, un completo albañal (en la foto, el ARIZONA MEMORIAL). Aunque no todo por voluntad propia, claro. En cualquier caso, para los neo-ciudadanos de la “aldea global” Pearl Harbour sólo es una película de Disneylandia con una bonita chica embarazada por el amigo de su novio y un tipo de color disparando como loco a los aviones como si fuera una maquinita del “game-boy”; pero, en realidad, Pearl Harbour fue otra cosa que, a nuestro juicio, no se ha examinado suficientemente: una inmensa metedura de pata del Imperio del Sol Naciente.

Los ataques por sorpresa cuando aún no hay declaración de guerra previa no son invento japonés, como es sabido. Sus mejores y más asiduos practicantes han sido los británicos, y los “japos”, que heredaron de ellos la cultura bélico-naval (con todas sus nefastas consecuencias) los usaron también cuando les fue menester. Pearl Harbour, por cierto, no era la primera; lo llevaron a cabo antes, en la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905, donde su ataque a la base naval rusa de Port Arthur marcó el inicio de las hostilidades. Pero la primera vez que la Armada Japonesa atacó a unidades de una nación con la que formalmente no se encontraba en guerra fue algunos años antes, en concreto a dos buques de guerra chinos que escoltaban un convoy  en 1894, de forma previa a la batalla del Yalú. La guerra la consiguieron pero, a efectos prácticos, sólo escacharraron un crucero chino y hundieron un aviso, cometiendo luego la atrocidad de hundir el mercante KOWSHING, matando luego a tiros a muchos soldados chinos que iban a bordo. Por cierto que esta “hazaña” estuvo a cargo del crucero NANIWA, al mando del samurai-capitán de navío Togo Heihachiro, luego glorificado almirante vencedor de la batalla de Tsushima.

Así que, a efectos prácticos, el “ataque por sorpresa” ni lució mucho ni cubrió de gloria a sus autores. Tampoco lo hizo el de Port Arthur, pues sólo se consiguió torpedear el buque insignia ruso de la Escuadra del Pacífico, acorazado TZSAREVITCH, y otros dos que salieron corriendo embarrancaron. Resultados, pues, tan pobres o más que los anteriores, a pesar de los cual los japoneses, contumaces, volvieron a intentarlo en Pearl Harbour. Y eso que la Segunda Guerra Mundial ya les estaba demostrando, a través de los británicos, que los “ataques sorpresivos” a una base naval eran muy poco eficaces. En Mers-el-Kebir, donde la Mediterranean Fleet del almirante Cunnigham -en incalificable traición urdida por el premir Winston Churchill- atacó a su aliado, la Force de Frappe francesa, en 1940, sólo consiguieron hundir el acorazado BRETAGNE (con miles de muertos que se quedaron atrapados al volcar el barco) y escacharrar gravemente el moderno DUNQUERKE, con centenares de víctimas también. Pero otro viejo acorazado (PROVENCE) quedó con no muchos daños y el flamante STRASBOURG escapó de su amarradero en las mismas barbas de los británicos, incapaces de detenerlo. Así que suspenso total -por malos en ambos sentidos: perversos e ineficaces- para los atacantes con alevosía en este caso.

Pero en esto llegó el ataque a Tarento llevado a cabo en 1941 por el portaaviones británico ILLUSTRIOUS contra la flota de acorazados italianos de Benito Mussolini. Los viejos biplanos torpederos Swordfish -diseñados por un ingeniero belga- torpedearon, dejando fuera de combate, la mitad de los blindados fascistas (3) así que se la calificó de éxito y, desde el otro extremo del mundo, el experto almirante Yamamoto se tragó toda la campaña publicitaria de principio a fin. En realidad, las defensas (globos cautivos) italianos estaban diezmados por un temporal precedente y sólo un acorazado (CONTE DI CAVOUR) resultó hundido irreparablemente. El LITTORIO, alcanzado por dos torpedos, volvió al servicio a los pocos meses y al DUILIO sólo lo tocó un torpedo, con lo que pudo entrar en acción incluso antes. Otros tres hermosos acorazados -VITTORIO VENETO, ANDREA DORIA y JULIO CESAR- quedaron indemnes, así que, sin menospreciar el valor de los atacantes, la Royal Navy apenas sacó un aprobadillo raspado en esta ocasión. De hecho, su propósito de paralizar la Escuadra de blindados italianas fue en vano, puesto que en mayo el VITTORIO VENETO salió valientemente al combate para perder miserablemente la batalla de Matapán; que nunca se habría librado de haber sido el ILLUSTRIOUS y sus pilotos algo más certeros.

En fin, era la primera vez que se atacaba al torpedo una base y tampoco vamos a desanimar a los pilotos, algunos de los cuales perdieron la vida por la patria en el intento. Pero Yamamoto, en pleno éxtasis emulatorio, cuando los EE.UU. se pusieron bordes embargándole las materias primas y el combustible al Japón le dijo al mismo emperador Hiro Hito (vía almirante Nagano) que si no le dejaban atacar Pearl Harbour dimitía y punto. Ojalá lo hubiera hecho, incluso por su bien y el de la Humanidad. Mas, por desgracia, le dejaron y pasó los que pasó: más de 2.400 personas muertas (más de la mitad del ARIZONA) y dos poderosos países emprendiendo una guerra naval donde una masacre tras otra iban dejando huella sobre las tranquilas aguas del Pacífico. Sólo tres acorazados (ARIZONA, OKLAHOMA y el viejo UTAH, buque blanco) fueron hundidos, aunque en “battleship row” -el “aparcamiento de acorazados”- quedaron muy perjudicados los WEST VIRGINIA, TENESSE, CALIFORNIA ( que se hundió al día siguiente) NEVADA y MARYLAND; pero éstos cinco últimos fueron reparados y volvieron a combatir como si tal cosa. Por no hablar del PENNSYLVANIA, que, al encontrarse en dique seco, no pudo hundirse (aunque se frió como un lenguado con el incendio de combustible) y del COLORADO, que, encontrándose ausente, escapó de rositas. Así pues, de nueve blancos posibles, sólo dos descartados: suspenso para la marina japonesa.

En realidad, la cosa -como se ha dicho siempre- fue mucho más grave, pues los tres portaaviones de esta escuadra -ENTERPRISE, LEXINGTON y SARATOGA (1)- escaparon, como el COLORADO, de la quema, convirtiéndose en la crucial punta de lanza que derrotó poco despues (en 1942) a la Marina Japonesa en Midway. Y también -como no se ha dicho nunca- los “japos” metieron la pata hasta el corvejón dejando sin destruir todos los tanques de combustible y el magnífico taller y calderería de Pearl Harbour, con lo que esta base continuaba siendo una amenaza para el Japón tan grande como al principio del ataque, desde la que se podían reparar todos los platos rotos y volver pronto al ataque. ¡Ay, la logística!¡Qué poca importancia le conceden algunos!. Sin embargo, tampoco puede decirse que Yamamoto lo hiciera todo mal: consiguió con el ataque un tiempo de inutilidad de las fuerzas americanas, de forma que el flanco izquierdo de todas sus fuerzas lanzadas al mismo tiempo hacia las Filipinas y las Indias Occidentales Holandesas (actual Indonesia) quedara a cubierto y estas conquistas pudieran llevarse a cabo sin tropiezos. Este fue el verdadero éxito de Pearl Harbour, no el que nos quieren colocar los propagandistas de siempre. Pero los yanquis se la guardaron a Yamamoto y le asesinaron vilmente a su debido tiempo como a un Bin Laden cualquiera.

Puede que, por encima de todo, la lección que se nos debería quedar es que un ataque por sorpresa ni es deseable, ni es brillante ni resulta verdaderamente efectivo; todo lo más, espectacular y eficaz para un producto bélico rápido y precongelado que nunca nos dejará satisfechos y, además -al privarnos de honor por la alevosía en que hemos incurrido- nos presentará ante el enemigo como un vil contendiente al que no tendrá escrúpulos en aniquilar llegado el caso. Fue lo que hicieron los EE.UU. con el Japón y tal vez la mayor lección que deberíamos sacar del “día de la infamia” que en realidad fue el “día del patinazo” del Imperio del Japón.

 

 

(1) Los YORKTOWN, HORNET y WASP estaban aún en la Flota del Atlántico. Al final de la guerra, de estos seis portaaviones iniciales sólo sobrevivieron el SARATOGA, desechado para las pruebas nucleares de Bikini tras haber sido “rematado” por un kamikace, y el ENTERPRISE, legendario “Gran E” de la US Navy, que daría nombre a un gran portaaviones nuclear de posguerra, recientemente retirado del servicio. El LEXINGTON sucumbió en la batalla del Mar del Coral, el YORKTOWN en la de Midway, el HORNET en la de las Santa Cruz, y el WASP en la “encrucijada de torpedos” de Guadalcanal, todos a manos de los japoneses.

 

 

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