MAMBRU Y EL SAN JOSE

A comienzos del siglo XVIII (1701), un nuevo rey, de nombre Felipe, nieto del mayestático “Rey Sol” francés, llegaba a España lleno de juventud e ingenuidad para reponer una dinastía, la de Austria, que se había extinguido por sí misma en el trono a causa de los enlaces consanguíneos. El hecho, aparentemente natural, desencadenó una tremenda guerra en Europa, la Guerra de Sucesión, en la que se embarcaría medio continente, liderado por Austria y la flamante Gran Bretaña, por un lado (defendiendo al pretendiente Carlos III de Austria), por otro la imponente Francia de Luis XIV, el mentado “Rey Sol”, respaldando al futuro Felipe V.

La contienda por el trono, derivó, como venía siendo habitual y amparado dentro de la “guerra logística”, a anular las fuentes de recursos del enemigo; y qué fuente de recursos más potente y productiva que el oro y tesoros que procedían, en las Flotas de Indias españolas, del continente Americano, los galeones cargados de tesoros a rebosar. La primera de estas batallas se dió en la ría de Vigo, en concreto en la bahía de Rande, donde en 1702 entró a saco una flota anglo-holandesa para apoderarse de la Flota española anual, a la que protegía la escuadra del almirante francés Chateaurenault. Fue una batalla tremenda con cientos de muertos, pero, a la hora de la verdad (y a pesar de que todos los buques franceses y españoles fueron hundidos o capturados) el rey Luis XIV y su nieto Felipe se quedaron con un 25% del tesoro (el Quinto Real, que se pudo desembarcar a tiempo), los asaltantes se llevaron un 35% aproximadamente y el resto se quedó en el fondo de la Ría, donde se puede tener la seguridad que hoy día no queda ni un triste doblón.

Tras este episodio “marítimo-catastrófico” la guerra siguó su curso. En 1704, los británicos, tras fracasar en Barcelona, desembarcaron con éxito en Gibraltar. Acudió presurosa la flota francesa de Tolón a evitar semejante desafuero, y, tras el combate de Vélez-Málaga, volvió apaleada  y sin haber conseguido su propósito, por lo que Gibraltar, gracias al ilustre Luis XIV, quedó en manos británicas (en nombre de Carlos III) per secula seculorum y hasta hoy, convirtiéndose con Picardo en primera potencia económica de Andalucía con capital suficiente para comprársela toda a Susana, que tal vez se la venderá (cosas peores han hecho los socialistas).

Lo cierto es que Luis XIV, mientras tanto, tenía otras cosas de las que ocuparse, pues, durante 1704 y 1705, John Churchill, duque de Marlborough (conocido en España como Mambrú), le administraba sendas y muy aleccionadoras derrotas en Blenheim y Ramillies, que, aparte de dejar el ejército francés hecho unos zorros, abocaron a Francia a un nuevo desastre, cuando Mambrú derrotó a los franceses en Oudernade y conquistó la ciudad de Lille. No solamente Bélgica quedaba a salvo de Francia, sino que ésta quedó lista para una invasión aliada desde el norte.

En España, la guerra tomó también mal rumbo para los borbónicos pro-franceses, pues los británicos desembarcaron en Lisboa, y aunque el duque de Berwick les paró los pies en Ciudad Rodrigo, Felipe tuvo que salir escopeteado abandonando Madrid a Carlos de Austria, que realizó su entrada triunfal en la capital. No obstante, la nueva victoria de Berwick en Almansa (1707), obligaba a los austracistas a abandonar todo el levante español. La guerra pendía de un hilo, y hacía falta “pasta” para financiarla.

¿Dónde se podía conseguir?. El “abuelo-Sol”, Luis XIV, estaba arruinado. Así pues, lo mejor era una Flota de Indias, que trajera otra vez el oro de América para “repartir”. Pero ¡ay! los británicos, con sus espías, se enteraron a tiempo, y, para no tener que repartir con nadie, en vez de atacar el “furgón blindado” (la Flota de Indias) a su llegada aun puerto español (Cádiz o Vigo), decidieron atacarla directamente en origen, a la salida del itsmo centroamericano, la ancestral “Tierra Firme” española, donde atracaba la pequeña Flota de Los Galeones.

Allá marchó, durante la primavera de 1708, el almirante inglés Charles Wager con unos cuantos robustos y bien pertrechados navíos que, tras diferentes indagaciones, se enteraron de que tres galeones españoles, cargados de oro a rebosar, se preparaban para zarpar de Cartagena de Indias, capitaneados por el buque-insignia SAN JOSÉ. Tras acecharlos concienzudamente, los atraparon nada más salir por la Bocachica, el 28 de mayo, frente a isla Barú. Los españoles lucharon como nunca y perdieron como siempre. El SAN JOSÉ, según sus atacantes (pues no hubo supervivientes) voló por los aires, otro galeón lo quemaron y hundieron los propios españoles, y otro, cómo no, fue capturado. Así pues, en esta ocasión, Mambrú recibiría su parte del convoy del SAN JOSE, pero no Luis XIV, que no se lo había “trabajado”.

Bueno, pues esta es, a grandísimos rasgos la historia de Mambrú y el SAN JOSÉ. ¿Qué les parece?. Ahora el señor Presidente colombiano dice que ha encontrado el pecio del SAN JOSÉ a unos 300 m. de profundidad y que, asesorado por los viles y rapaces cazatesoros norteamericanos (los “bucaneros del Caribe” de nuestros tiempos) se lo queda con todo su tesoro para el Patrimonio Nacional de su país. En otras palabras, que no quieren repartir con España, propietaria del SAN JOSÉ, por lo que, si hay tesoro -y no lo sacan subrepticiamente como el de la MERCEDES- no nos darán ni un doblón, dejándonos con un palmo de narices como a Luis XIV. El ministro de Asuntos Exteriores, señor Margallo, ya ha dicho que espera llegar “a un acuerdo razonable”, dadas las excelentes relaciones vigentes entre ambos países. Pero mucho me temo que si, una vez inventariado el efectivo, resulta una cifra merecible, los colombianos preferirán repartir con el cazatesoros y “¡Al diablo con España!” (que diría Theodore Roosevelt antes de levantarnos las islas de Cuba y Filipinas), a buscar cualquier tipo de acuerdo que incluya algo más que besos y flores. En cuestiones de pasta, ya se sabe, y ni las familias mejor avenidas se ponen deacuerdo. Así que el señor Margallo, si aguanta la silla tras el 20 de noviembre, lo mejor que puede hacer es lo que se hizo con la MERCEDES: buscar un buen abogado para afrontar un largo y farragoso “pleito naval”. ¡Ay si Mambrú y Luis XIV levantaran la cabeza!. Al fin y al cabo, el duque de Berwick y John Churchill también eran familia.

 

 

 

 

 

 

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