Archivo mensual: marzo 2014

APARECIDOS Y DESAPARECIDOS

A veces parece o se tiene la impresión de que, en la sociedad virtual, fantasiosa y evidentemente esquizofrénica que habitamos se prefiere la mentira bien aderezada -y transmitida con celeridad fulgurante por todas las redes, medios y bases de datos- que la sobria verdad, que suele ser más cara, sobria y difícil de encontrar. Hay que denunciar ya de una vez por todas que el periodismo de masas no hace nada por seguir su mandamiento hipocrático de mantenerse sólo fiel a la búsqueda de lo cierto, y cada vez es más presa no ya del sensacionalismo agresivo o el muy rentable pragmatismo rooseveltiano (si no hay noticias, se crean), sino de una simpleza francamente espeluznante, que hace suponer encefalograma plano para muchos empleados de los medios, o que, simplemente, el duro puesto a pie de obra de teletipo -cafetito e internet incluido- ya se ha hecho duro de soportar, sustituyéndose por el más instructivo bar de la esquina con la caña del aperitivo.

En el tema que nos incumbe, los barcos desaparecidos, y haciéndolo extensivo a los aviones, últimamente más de moda, el tema acaba de cantar como si algún pícaro duende hubiera querido ver cómo somos capaces de hacer espectacularmente el ridículo. Seducidos por el misterio anonadante del avión malayo perdido el mes pasado – vuelo MH-370, Boeing 777- ayer Salvamento Marítimo de Canarias, a denuncia de un perito observador playero, ponía en alerta todos los sistemas por un presunto avión abatido sobre la mar que habían creído ver (¿un aparecido?). En realidad, lo veían -y bien amarillo que es- pero no se trata de un avión sino de un remolcador, o mejor uno de esos extraños artilugios que la industria moderna es capaz de hacer flotar sobre los mares y luego conseguir los permisos correspondientes. Habiendo picado la cándida y timorata autoridad gubernativa -aquí por el pincho y tapa en el bar de la esquina casi puede ponerse la mano en el fuego-los rugientes teletipos, aburridos de tanta noticia rutinariamente política (vamos todos al carajo, ya se sabe) y sin titular al cargo -es decir, con el piloto automático- se lanzaron a propalar la tóxica especie de un nuevo avión caído de los cielos, y el ridículo cuando se descubrió la verdad ha sido como para no contarlo.

La lección es o debería ser que no vendas la noticia ni especules antes de haberla verificado y comprobado. En el dramático caso del avión malayo (o malasio; tampoco sé si es ucranio o ucraniano) las hipótesis propuestas por los “entendidos” han sido diversas, desde la conocida del secuestro o atentado, pasando por la explosión a bordo, o el simple suicidio del piloto, suponiendo que sea más práctico e irrelevante para la conciencia quitarse la vida con el avión que levantándose cómodamente en casa la tapa de los sesos, meter la cabeza en la bañera (llena) y aguantar, o coger el simple camino del más allá por la cornisa de un 7º piso (a los pilotos siempre les gustan los aticos para sus “asuntillos”). Pero lo cierto, lo único cierto y verdad, es que todo ésto no son sino burdas especulaciones: nadie sabe lo que pasó con el Boeing 777 y aventurarlo en hipótesis gratuitas no es sino una irresponsable simpleza.

Probablemente pocos de nosotros pensamos cuando subimos a un barco, avión o automóvil que lo hacemos en una máquina imperfecta y falible, que cuando no cojea de una pata lo hace de la otra. Por una cojera no pasa nada; pero la concatenación de varias es la que produce la catástrofe final, circunstancia sólo posible en muy contadas ocasiones. Al avión malayo, sencillamente, le ha debido tocar la china. El caso similar más espeluznante lo tenemos con un cuasi-paisano suyo, el Boeing 737 de Adam Air indonesio que desapareció de los radares en 2005. Este avión, con horas de vuelo encima, se iba para la derecha, circunstancia sin importancia que compensaba el piloto automático; también se comprobó que los mecánicos de mantenimiento, en vez de verificar el navegador IRS, lo que hacían si fallaba era cambiarlo por el avión en reparación más cercano, cubriendo así el expediente; tambien actuó en el caso el imprevisto de una tormenta, para empeorar las cosas. Nada impresionante por sí solo, como se ve; pero el diablo teje a veces caprichosas telarañas.

Lo que sucedió fue que, navegando sobre la mar, el IRS comenzó a fallar. El piloto, pensando e que se iban a casa Dios, decidió desconectar el piloto automático y “gobernar” manualmente para restablecer el rumbo; pero no hizo la pausa preceptiva de 30 segundos al cambiar el modo para que el sistema se restableciera. Así que, mientras ambos pilotos se peleaban con el IRS para saber dónde coño iban, el avión, sin piloto automático que le compensara, se iba yendo para la derecha, y nadie se dió cuenta por la pérdida de horizonte con la tormenta hasta que los pasajeros se cayeron unos encima de otros. Cuando el comandante quiso acordarse, conectó el piloto automático, pero el sistema, sin restablecer, le dejó con todos los instrumentos a ciegas. El avión, incontrolable, se precipitó en un escalofriante picado a varios g, y no necesitó ni pegársela; se desintegró en vuelo por la enorme resistencia, como un cometa en la atmósfera. Suerte que se pudieron encontrar los pedazos.

Esto es lo que sucede de verdad, si uno de veras se preocupa de buscarla; desde luego que, en el caso del avion malayo, el impresionante desvío de la ruta hacia ninguna parte nos deja intrigados. Pero el secreto yace allí, seguramente en el fondo del océano Indico, donde no hay más remedio que ir a buscarlo, sino queremos acabar viviendo en un mundo de locos y Alicias en el país de las Maravillas donde el conejo sale de la chistera con un cartucho de dinamita encendido en la mano. Duro, pero cierto.

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