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10 de febrero de 2014 · 12:12

EL TEMPORAL

Por fin llegó. Casi diríamos que se le echaba de menos, si no fuera por sus fatales consecuencias. Los meteorólogos -que, al fin y a la postre, son la visión del tiempo de nuestra sociedad- lo representan como una inmensa extensión de círculos concéntricos que cubre todo el Atlántico Norte; los suelen llamar (porque, al parecer, son varias) trenes de borrascas, vocabulario ferroviario hasta cierto punto entendible hasta que salen con aquello de “ciclogénesis explosiva” que ya suena más a cosa de Rambo, y, finalmente, en el colmo de la superchería, se dedican, como el Corazón, Corazón, a ponerle nombres horteras a cada baja presión que se abate sobre nosotros. Así es como la sociedad actual, inmersa en la sabiduría banal de unos profesionales que entienden de lo suyo -mapas, planos, modelos de ordenador- se sientan a una pantalla, se dedican a decir nombrecitos, y luego, con severidad no exenta de superioridad pedagógica, se dedican a darnos clases de lo que tenemos o no tenemos que hacer con ese tiempo el próximo fin de semana, empleando cierto tonillo que, en el caso de alguna presentadora, resulta ciertamente hiriente.

A mí me gustaría saber cuántos de estos sabios, que todo lo creen saber acerca del temporal, han estado alguna vez en la mar, dentro de uno de ellos. Sería una aleccionadora experiencia para los que tanto se creen que pueden enseñar. Al fin y al cabo, ellos sólo han estudiado de libros lo que han descubierto otros, superando luego un examen con las posaderas cómodamente instaladas en un pupitre ergonómico, en un aula cálidamente caldeada por la calefacción. En un temporal, sin embargo, el examen es él mismo; te pone a prueba a lo bestia, porque, con él, el ser humano percibe que se puede morir, es decir, que su existencia puede terminar en una masa de agua de forma completamente anónima e indiferente, en un abrir y cerrar de ojos. 

 Atrapado en un barco en medio de un temporal, no hay palabritas que sacar de la manga, adivinanzas ni nombrecitos idiotas; todo lo más, alguna oración en los labios, pues el temporal, que yo lo he visto, tiene la propiedad de volver creyentes a los ateos: se matan revolviendo los tambuchos para buscar un rosario, el cual, todo lo más, les ha de servir para acompañarlos en su último viaje. Y, por supuesto, está el frío; un frío que se te mete hasta los huesos, te cala, y jamás te puedes librar de él, porque no hay manera. Es el frío de la muerte; personalmente, jamás me pondría a hablar de vientos ni de temporales a no ser que se haya experimentado este frío; es una cuestión de respeto moral y hasta ético. Luego, por último, está el sufrimiento, una agonía larga y prolongada en la que no vale aquéllo de: “Papá: ¿cuándo llegamos?”, porque, en un temporal, nadie sabe cuándo se sale ni cuándo se acaba, no como la hora del parte meteorológico. El sufrimiento, la tortura prolongada de estar mal y sufriendo y pasando frío es la firma indeleble en el alma del temporal; sin ser sádico ni malintencionado, cómo me gustaría que cierta presentadora lo hubiera sentido alguna vez, aunque sólo fuera media horita, antes de ponerse a hablar de ciclogénesis yKumairas,y demás cosas insulsas a más no poder.

Si no, que se lo digan a los del LUNO, ese carguero de naviera Murueta de casi 5.000 toneladas de peso muerto -el tamaño de una fragata F-100- zarandeado como un pelele frente al puerto de Anglet, donde ha terminado ejecutando la pesadilla de todo marino, derivar a tierra y ser trinchado por un espigón como si fuera un pincho moruno; Dios ¡qué dolor cuando se le veía partirse en dos!. El LUNO, víctima de un scram (fallo eléctrico total; otra concesión a la vana y moderna tecnología, que falla justo cuando no debe) quedó en las fauces de quien no se puede, es decir, un temporal desatado de los que ponen la carne de gallina, y el resultado ahí lo tienen, convertido en tres pedazos, despojos de lo que un día fue un bonito barco que sin vanitas, vanitatem tal vez habría tenido una oportunidad. Los suyos, mudos de pánico, en realidad son los únicos autorizados a hablar de ete anónimo temporal para los marinos. Uno más, de los que matan y en los que mueres sin que a nadie le importe demasiado. Los loritos de siempre, sin embargo, seguirán a lo suyo: ayer hablaban de la “cabina” del LUNO. Esta vez debía ser cosa del teletipo, porque lo repitieron en varias cadenas, ignorantes de que los barcos no tienen cabina sino puente de mando. Prepárense: el día que salgan a navegar por primera vez en su vida habrá que buscarlos cerca de la letrina, que mantendrán completa con tanto “mareante”; al menos, esta vez se habrán apuntado un acierto con la palabra.

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