ICONOFILIA E ICONOCLASTIA NAVAL

A diferencia de otras culturas, profundamente iconoclastas, es decir, poco o nada amantes de los símbolos, la nuestra, como cultura virtual, ama todo lo que simbolice algo hasta elevarlo a la categoría de mito. Así sucede, por ejemplo, con todo lo referente al santoral, que en su día llevó a la representación simbólica en tallas y estatuas, alcanzando su cenit con el barroco, cuando se producen auténticas maravillas que ya había precedido, como si lo supiera, el genio de Miguel Angel con su escultura (siempre dijo ser escultor y no pintor, por mucha capilla sixtina que se le conozca). Con el tiempo, toda esta iconofilia (amor a los símbolos) ha derivado en las semanas santas, paseos de santos, saltos de la reja y demás manifestaciones populares, auténticas y enfervorizadas pasiones iconofílicas donde los ánimos y el fervor -que no la fe ni los actos piadosos- se desatan hasta niveles francamente preocupantes, sobre todo en lo que se refiere al estado de salud mental de los practicantes.

Pues bien, de forma completamente casual, la iconofilia e iconoclastia ha llegado al mundo de los barcos. La cosa ha tenido lugar a consecuencia de un mayestático fenómeno natural -el terremoto y tsunami posterior del Japón en 2012- que, aparte de causar miles de víctimas e invalorables cantidades de destrozos, ha producido curiosos efectos colaterales, como el vertido de agua radioactiva a las aguas del océano Pacífico, la consecución de la Olimpiada de 2020 dejando a Estambul en la cuneta (de Madrid ni hablamos; nuestra mas cordial enhorabuena a los japos) y la “navegación” de un pesquero de 400 toneladas desde su correcto emplazamiento en el puerto hasta casi el centro de una plazoleta de la localidad de Kesennuma, donde se quedó perfectamente adrizado, en condiciones de prestar servicio, y, como se dice vulgarmente, “tan pancho”.

La verdad es que a los japoneses que circulaban por la avenida correspondiente debía causarles cierto embarazo, por no decir algo peor, encontrar un pesquero de hermoso bulbo rojo cruzado en su camino, careciendo por completo de efectividad el consabido ataque de apretar el claxon, tan frecuente en estos casos. A pesar de ser cultura oriental, y que en los templos sintoístas hay menos estatuas que en la bodega de un bulkcarrier -por no tener, no tienen techo ni paredes, lo que no les priva de proveer a quien los visita de un cálido ambiente de paz espiritual, que es lo que se persigue; gran lección para la iglesia barroca- entre los japoneses el influjo occidental y la iconofilia ha llegado y algunos japoneses pidieron la conservación del pesquero en su lugar, incluso modificando el entorno, como recuerdo y símbolo de la tragedia. En España, iconofílica hasta la médula, una propuesta así habría triunfado. Los planes municipales se habrían modificado lo necesario, las arcas municipales se hubieran rebañado si es preciso a la búsqueda del dinero necesario, o se hubiera buscado el patrocinio privado correspondiente. Pero el político de turno ni por lo más sagrado habría renunciado a semejante espectáculo, puede que no llovido del cielo, pero sí extraído de la mar, pues la iconofilia, como todo el mundo sabe, acaba derivando en gran y enfervorizado espectáculo de masas, y, además, gratuito.

Pues bien, para que vean la diferencia, de iconofilia a iconoclastia, los japoneses residentes en Kesennuma con derecho a voto han dicho que no. Iconoclastia total. Ayer nos traían los noticiarios que habían comenzado los trabajos para el desguace “in situ” de aquel barco situado por la arbitraria y caprichosa naturaleza “fuera de situ”. El FULANITO MARU -el nombre es mío porque aún, lo confieso, no sé leer japones, pero tengan por seguro que el Maru es cierto- será desguazado y los kesennumarenses podrán llegar cómodamete a su semáforo sin que un enorme casco rojo y azul se interponga en su camino, ni sufrir su ciudad cambio alguno en el rectilíneo y ortogonal trazado de sus avenidas. Todo volverá, pues, a la normalidad, o a la espera de que el próximo cataclismo -los japoneses son gente excepcional que habita tierra y mares muy ingratos- vuelva a poner las cosas fuera de lugar, incluida la radioactividad, para que ellos luego las coloquen en su sitio.

A mí sólo me queda preguntarme qué sucedería si, estando una patrullera española tipo SERVIOLA o DESCUBIERTA patrullando las discutidas aguas de Gibraltar, sucediera que de pronto un tsunami, o un simple salto acrobático (patrullera arriba ¡hop!) la colocara sobre la pista del aeródromo edificado ilegalmente en el itsmo, justo en medio de la avenida Winston Churchill que lleva al centro urbano del pintoresco pueblo británico. Al estupor inicial -imaginen un buque cruzado en la avenida y aeropuerto ¡con una bandera española -constitucional- flameando en su mástil!. Los horrorizados llanitos llamarían a la Royal Navy, a la Otan por la invasión, al Trinity House y, seguramente tambien, a la señora Jane Goodall, gurú de los monos, para que les libraran de semejante contradiós. Iconoclastia total. Por nuestra parte, sería un símbolo a conservar, ocuparía portadas de todos los diarios -incluso de El País- y se organizarían peregrinaciones, procesiones y manifestaciones para apoyar su conservación desde nuestros límites. Iconofilia. Porque aquí viene el problema ¿se atrevería alquien a saltar la verja?. Me parece a mí que este Rocío pilla demasiado alto. No quedaría entonces sino desguazarlo “in situ” como al japonés. Iconofagia naval, como todo lo demás, y no sería el primer caso en este sitio.

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