300 años de un genio

Empezamos año, y terminando en 13 -que puede ser de gran fortuna- con un tricentenario no por olvidado menos significativo, el de un ilustrísimo e ilustrado sabio que, como nosotros, demostró pasión naval hasta las trancas, aunque, todo hay que decirlo, con mucho mejores resultados. Tambien tuvo algunas ventajas (que, a la hora del juicio final, todo hay que valorar); nuestro amigo partía de la mejor madera -es decir, tenía nobles arraigadas- , tuvo como presentador ante la corte un jefe de escuadra vueltamundista, disfrutó del favor del máximo y más poderoso ministro del momento, y formó parte de una marina que tenía un inspirador con vida en otro ilustre personaje, y buen cortesano, con el rarísimo título de ser vencedor en abierto combate naval contra los británicos, además de constar en el firmamento, cuan refulgente estrellla, las hazañas de un héroe legendario que, como todos los de su clase, falleció sin que el genio llegara a conocerlo. Pena de una entrevista entre ellos.

Como habrán adivinado los iniciados, estamos hablando de los 300 años -el 5 de enero- de la venturosa venida al mundo de don Jorge Juan y Santacilia, capitán de navío, diseñador naval, científico y director técnico de una de las empresas navales más titánicas de su tiempo. Provenía de noble familia noveldense, fue admitido en la Orden de los caballeros Hospitalarios de San Juan -para lo que tuvo que pasar dos años de adolescencia encerrado en las fortalezas de Malta, de donde vino, según se dice, su vocación naval- introducido en la corte por el jefe de Escuadra Pizarro, aquel que persiguiera al comodoro y luego corsario Anson por el océano Atlántico y luego el Pacífico sin éxito, y acogido y respaldado en todo por el formidable marqués de la Ensenada, primer ministro y cuasi rey de España ausente de razón el pacifista Fernando VI de Borbón. El caballero Jorge Juan navegó con don Juan José Navarro, vencedor de los ingleses en Tolón en 1744, y tendría para admirar la figura de don Blas de Lezo, héroe inmortal de la marina -ahí está la fragata F-100 con su nombre para demostrarlo- cuyo sólo historial le deja a él, como a nosotros ahora, sin aliento.

Puede que alguno se pregunte ¿qué hizo Jorge Juan?. Pues, de forma sencilla, podríamos decir que, en una España del siglo XVIII aún muy apegada a épocas anteriores, es decir, a atavismos, mentalidades retrógradas y procedimientos arcaicos y artesanales, Jorge Juan vino a personificar, con sus actos, la racha de aire nuevo que de vez en cuando se necesita entre por la ventana para continuar viviendo. Resulta un verdadero honor, o llama la atención constatar, que tal salto se diera desde la perspectiva naval, en concreto de la construcción de barcos; se suele decir que Jorge Juan innovó la construcción naval española, dándose a entender que sin él la marina española habría seguido navegando en galeras hasta la Primera Guerra Mundial. Nada más lejos de la realidad; de hecho, los barcos de la España de mediados del siglo XVIII habían demostrado, dentro de sus limitaciones, unas cualidades de robustez y combatividad inusuales y muy desagradables para el recalcitrante enemigo, es decir, los británicos.

Lo que sucedió es que el marqués de La Ensenada, a través de la fina visión de don Juan José Navarro -el vencedor de Tolón- se dió cuenta de que o se ponían las pilas para incorporarse a los últimos avances técnicos y científicos que ofrecían las nuevas ciencias -Física, Mecánica, Hidraúlica y Cálculo Infinitesimal- o España volvería a cosechar el atraso de los último Austrias. Ahora bien ¿cómo hacerlo?. Estas ciencias, ahora tan divulgadas, en aquella época eran poco menos que tabús, prohibidos arcanos, sólo al alcance de magos, hechiceros o jóvenes intelectos muy prometedores. Aquí es donde entra Jorge Juan, al que, desde la escuela, todos conocían por el apodo de “Euclides” por su talento matemático. El joven de veintipocos años era el candidato ideal para marchar a Inglaterra -aprovechando la paz en la que se obstinaba Fernando VI- y, con la excusa de ir a la escuela, marchar tambien a los astilleros, las infraestructuras navales y centros de producción británicos, para “ver” y “palpar” cómo se aplicaban todos aquellos conocimientos.

CONTINUARA

 

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