Archivo mensual: febrero 2013

Luis de La Sierra

LUIS DE LA SIERRA
Me pide mi amigo Miguel Aceytuno que eche unas líneas, o esparza unas cuantas ideas, acerca del escritor naval y capitán de fragata de la Armada Española Luis de La Sierra. Lo cierto es que me pone en un brete, pues con De La Sierra hay dos cosas que son contrapuestas, fáciles y difíciles: aprender y aprehender.

Con don Luis, en efecto, es fácil, tremendamente fácil lo primero, y muy complicado lo segundo acerca de toda su obra. Es fácil, o nos lo puso muy fácil, a todos los que estábamos deseando –sin saberlo- leer de barcos y tuvimos la suerte de que un libro suyo cayera en nuestras manos antes que una saga anglosajona de la época napoleónica para vender decenas de ejemplares. Creo recordar que el primero que leí fue Corsarios Alemanes en la Segunda Guerra Mundial; me lo dejó un amigo, y, despues, al devolverlo, me lo compré –con descuento- en una feria del libro. Me quedé maravillado, sumergido e inmerso por completo en aquella sucesión de hazañas épicas que yo desconocía por completo. Cuando compré el mío lo volví a empezar, así, una y otra vez, como si fuera una novela que alcanza su máximo clímax con el Atlantis y el Pingüin. Luego compré La Guerra Naval en el Mediterráneo, que contiene la apasionante batalla de Matapán; yo conocía todos aquellos hechos por los libritos de San Martín, pero con los de Luis De La Sierra no había color: la forma de narrarlo, los detalles, las anécdotas, el profundo conocimiento que tenía el autor de todo lo que estaba exponiendo…

En suma, y sin darme cuenta, estaba aprendiendo. La forma de ensayar de don Luis, es decir, el ensayo novelado, convirtiendo al personaje real en héroe legendario, fórmula en la que, libro a libro se ha ido especializando hasta llegar con Corsarios Alemanes en La Gran Guerra al verdadero magisterio. Sin duda que muchos han leído algún libro de Luis De La Sierra, pero pocos tienen y han leído los ocho, publicados por Juventud: mi padre me regaló uno de los primeros, Titanes Azules, que contiene el famoso asalto y destrucción del dique de Saint Nazaire; pero reconozco, en mi absoluta ignorancia de entonces, que quedé fascinado con la pormenorizada descripción de la gesta de los Kamikaces japoneses; don Luis fue el primero que no los llamó fanáticos, pidiendo para ellos, antes que el juicio superficial del vencedor de la posteridad, el mínimo respeto.

¡Qué decir de La Guerra Naval en el Atlántico!. Llevaba tiempo echándole el ojo, y cuando, al fin, pude reunir las 800 pts. –creo recordar que costaba- corrí a por él. No me decepcionó; es cierto que don Luis nos acostumbró muy mal. Nunca decepcionaba, y luego, cuando vas a comprar otros libros presuntamente de barcos… . Pero a lo que vamos: ¿cuántas veces, en ensoñaciones, no habremos penetrado las defensas de la base naval de Scapa Flow para torpedear el acorazado todopoderoso del pérfido inglés?. Incontables, infinitas. La hazaña de Gunther Prien con el U-47 reúne todos los elementos, y De La Sierra se luce en ella con una de las mejores narraciones que jamás se hayan hecho en lengua castellana. Pero ¡ay! esto solo es el aperitivo de este libro maravilloso: luego viene el Bismarck. Aquí, don Luis, lo tenía usted un poco más difícil, porque ¿cuántas versiones anglosajonas -léase Ludovic Kennedy- habíamos leído de este episodio?. De la película mejor no hablar, porque el cine, salvo en Master and Commander, ha andado siempre muy despistado. El capítulo se llama Duelo de Titanes, y reconozco que resonó en mis oídos durante mucho tiempo. Para mí, De La Sierra superó a todos sus oponentes, y sólo Mullenheim-Rechberg consige despertar similar interés, por la sencilla razón de que era un superviviente.

Tras este curso intensivo, que duró unos años –y cinco títulos- plenamente disfrutados, tenía los “libros amarillos” un poco al margen, cuando apareció La Mar en La Gran Guerra en 1984. Con 20 añitos cumplidos, uno ya no es tan crédulo, y pensé que esta vez las cosas serían diferentes. ¡Cuán equivocado estaba!. La auténtica estrella de este libro es la narración (y análisis crítico) de la batalla de Jutlandia, que supera incluso la más reciente y muy buena de Sergio Valzania (2009); pero a mí, particularmente, nada me dejó con una sensación de tristeza, desesperación y grandeza como la narración de la batalla de Coronel. Esto ya, amigos, excedía la crónica guerrera, el ensayo histórico o la pedagogía; esto ya, repito, era arte. Mi sensación se prolongó con la que creo ha sido última obra guerrera si no la mejor, Corsarios Alemanes en La Gran Guerra, con la que cerró su periplo bélico si no me equivoco. Y nada digo de Buques Suicidas porque prometí al amigo que me lo dejó, Víctor Plaza, que se lo iba a devolver, y confieso que aún no lo he hecho. La vida es larga, dicen…

No sé qué habrá sido de don Luis, y la verdad es que a algunos nos gustaría saber de él. En mi libro “Barcos Desaparecidos” quise hacerle un pequeño homenaje en el capítulo “Dos barcos y un destino” acerca de la tragedia –casi griega- del Kormoran y el Sidney. Supongo que nunca habrá leído alguno de los míos, pero la verdad es que me llevé una pequeña alegría cuando supe que él había sido capitán de un pailebote, por su libro Viajes de un Marino, pues mi primera novela, Pequeño Escota, iba íntegramente de pailebotes. Tambien me ha encantado comparar las dos versiones del libro de Slocum Navegando en Solitario Alrededor del Mundo, que él tradujo para Juventud. La de Austral era como la tele en blanco y negro; la versión de De La Sierra, la televisión en color. Con un añadido: don Luis interpreta para el lector el inefable humor de Joshua Slocum; el otro ni se molesta. Son esas pequeñas cosas que el lector agradece infinito. En fin, don Luis; si anda usted por ahí, que sepa tiene modestos admiradores que nos consideramos alumnos, igual que usted de otro maestro, don Mateo Mille. Y un placer compartir con usted la veneración por los barcos que ha llenado de alegrías y vivencias las vidas de los que algún día sentimos esta vocación ¿habrán sido sus libros los culpables?.

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Presentación A Dos

El pasado jueves 14 de Febrero nos reunimos en la librería ANTES AT de Madrid para presentar dos libros, BABOR Y ESTRIBOR de Miguel Aceituno, publicado en la editorial De Librum Tremens,  y CAUDALES de Víctor San Juan. Como ste último aún no ha salido -os tendremos puntualmente informados-  Víctor habló tambien de su reciente BARCOS DESAPARECIDOS Y SU MISTERIO, que conoceís sobradamente por esta web. Asistieron muchos amigos y pasamos un buen rato debatiendo de interesantes temas naúticos. ¡No os perdaís la próxima!

El pasado jueves 14 de Febrero nos reunimos en la librería ANTES AT de Madrid para presentar dos libros, BABOR Y ESTRIBOR de Miguel Aceituno, publicado en la editorial De Librum Tremens, y CAUDALES de Víctor San Juan. Como ste último aún no ha salido -os tendremos puntualmente informados- Víctor habló tambien de su reciente BARCOS DESAPARECIDOS Y SU MISTERIO, que conoceís sobradamente por esta web. Asistieron muchos amigos y pasamos un buen rato debatiendo de interesantes temas naúticos. ¡No os perdaís la próxima!

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300 años de un genio

Empezamos año, y terminando en 13 -que puede ser de gran fortuna- con un tricentenario no por olvidado menos significativo, el de un ilustrísimo e ilustrado sabio que, como nosotros, demostró pasión naval hasta las trancas, aunque, todo hay que decirlo, con mucho mejores resultados. Tambien tuvo algunas ventajas (que, a la hora del juicio final, todo hay que valorar); nuestro amigo partía de la mejor madera -es decir, tenía nobles arraigadas- , tuvo como presentador ante la corte un jefe de escuadra vueltamundista, disfrutó del favor del máximo y más poderoso ministro del momento, y formó parte de una marina que tenía un inspirador con vida en otro ilustre personaje, y buen cortesano, con el rarísimo título de ser vencedor en abierto combate naval contra los británicos, además de constar en el firmamento, cuan refulgente estrellla, las hazañas de un héroe legendario que, como todos los de su clase, falleció sin que el genio llegara a conocerlo. Pena de una entrevista entre ellos.

Como habrán adivinado los iniciados, estamos hablando de los 300 años -el 5 de enero- de la venturosa venida al mundo de don Jorge Juan y Santacilia, capitán de navío, diseñador naval, científico y director técnico de una de las empresas navales más titánicas de su tiempo. Provenía de noble familia noveldense, fue admitido en la Orden de los caballeros Hospitalarios de San Juan -para lo que tuvo que pasar dos años de adolescencia encerrado en las fortalezas de Malta, de donde vino, según se dice, su vocación naval- introducido en la corte por el jefe de Escuadra Pizarro, aquel que persiguiera al comodoro y luego corsario Anson por el océano Atlántico y luego el Pacífico sin éxito, y acogido y respaldado en todo por el formidable marqués de la Ensenada, primer ministro y cuasi rey de España ausente de razón el pacifista Fernando VI de Borbón. El caballero Jorge Juan navegó con don Juan José Navarro, vencedor de los ingleses en Tolón en 1744, y tendría para admirar la figura de don Blas de Lezo, héroe inmortal de la marina -ahí está la fragata F-100 con su nombre para demostrarlo- cuyo sólo historial le deja a él, como a nosotros ahora, sin aliento.

Puede que alguno se pregunte ¿qué hizo Jorge Juan?. Pues, de forma sencilla, podríamos decir que, en una España del siglo XVIII aún muy apegada a épocas anteriores, es decir, a atavismos, mentalidades retrógradas y procedimientos arcaicos y artesanales, Jorge Juan vino a personificar, con sus actos, la racha de aire nuevo que de vez en cuando se necesita entre por la ventana para continuar viviendo. Resulta un verdadero honor, o llama la atención constatar, que tal salto se diera desde la perspectiva naval, en concreto de la construcción de barcos; se suele decir que Jorge Juan innovó la construcción naval española, dándose a entender que sin él la marina española habría seguido navegando en galeras hasta la Primera Guerra Mundial. Nada más lejos de la realidad; de hecho, los barcos de la España de mediados del siglo XVIII habían demostrado, dentro de sus limitaciones, unas cualidades de robustez y combatividad inusuales y muy desagradables para el recalcitrante enemigo, es decir, los británicos.

Lo que sucedió es que el marqués de La Ensenada, a través de la fina visión de don Juan José Navarro -el vencedor de Tolón- se dió cuenta de que o se ponían las pilas para incorporarse a los últimos avances técnicos y científicos que ofrecían las nuevas ciencias -Física, Mecánica, Hidraúlica y Cálculo Infinitesimal- o España volvería a cosechar el atraso de los último Austrias. Ahora bien ¿cómo hacerlo?. Estas ciencias, ahora tan divulgadas, en aquella época eran poco menos que tabús, prohibidos arcanos, sólo al alcance de magos, hechiceros o jóvenes intelectos muy prometedores. Aquí es donde entra Jorge Juan, al que, desde la escuela, todos conocían por el apodo de “Euclides” por su talento matemático. El joven de veintipocos años era el candidato ideal para marchar a Inglaterra -aprovechando la paz en la que se obstinaba Fernando VI- y, con la excusa de ir a la escuela, marchar tambien a los astilleros, las infraestructuras navales y centros de producción británicos, para “ver” y “palpar” cómo se aplicaban todos aquellos conocimientos.

CONTINUARA

 

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