CRUCEROS GIGANTES

Estamos viendo cómo, a través de los medios de comunicación y una ofensiva publicitaria con precedentes se le vende a la sociedad la alternativa vacacional de los grandes cruceros transatlánticos; vacaciones en el mar, vamos, aunque ya el PACIFIC PRINCESS seguramente se haya desguazado en una playa indonésica, y el capitán Stubbing esté disfrutando de una bien merecida jubilación como pasajero, pero sonriendo siempre. Se nos habla de la perfección de estos cruceros, de sus maravillas técnicas, de todos los increíbles y sensuales entretenimientos que se pueden disfrutar a bordo, de las visitas organizadas a lugares exóticos y con problemáticas primas de riesgo que se pueden hacer -moderna versión de un amor en cada puerto- y, en resumidas cuentas, de lo bien que lo vamos a pasar por cuatro perras sintiéndonos los reyes de los mares.

Sin querer amargar la fiesta, hay que hacer algunas anotaciones al margen de este “todo maravilloso”: los modernos cruceros, gigantescas barcazas con novedosos sistemas de propulsión tipo “azipod”, no responden a criterios de calidad de diversión para el pasajero, sino meramente empresariales: igual que en la segunda parte del siglo XX se descubrió que era mucho más rentable transportar 100.000 toneladas de petróleo en un VLCC -súper petrolero- que 10.000 en uno normalito, los genios del marketing han descubierto que producen más 4.000 personas acarreadas en un barco lleno de diversiones como sardinas en lata, que 800 en un barco cómodo y razonable. Los ingenieros -olvidando célebres lecciones históricas- han dicho sí, y no solo sí sino “mucho más”, así que el gigantismo de los cruceros está alcanzando, en toneladas, el de los petroleros del pasado siglo; sólo que esta vez, el cargamento no es viscoso sino de carne y hueso, es decir, seres humanos.

Las consecuencias de abordar un gigantismo desmedido por obsesivo criterio comercial garantizando sólo los medios de seguridad y el cumplimiento de la Normativa Vigente ya las hemos vivido, pringando de petróleo las costas de medio mundo en decenas de accidentes, abordajes y rupturas espontáneas de los VLCC que tambien “eran posibles”. Todos los marinos saben -y deberían saberlo tambien los ingenieros- que cuanto más grande sea un buque más restringida será su maniobra, la mar se hace más pequeña, puesto que son muchos menos los lugares donde puede meterse, es mucho más sensible a quedar dominado por efectos indeseables de mar y viento, y, sobre todo, cuanto más personas lleves más difícil será evacuarlas, y llenar el barco de espacios abiertos y agujeros para ello sólo contribuirá a facilitar incendios e inundaciones, cosa sabida desde hace medio siglo. ¿A qué estamos pues, jugando con estos súper cruceros?. Hay que decir que aumentar el número de personas a bordo incrementa claramente los riesgos de perder muchas de ellas en caso de siniestro por no poder evacuar a todas.

Aparte, hay otros factores a considerar. El primero, que se ha creado una fabulosa demanda que sólo se satisface mediante la construcción de nuevos “monstruos” para llevar más gente, y los astilleros finlandeses e italianos se frotan las manos con lo que está por venir; sin embargo, del mundo de la aviación sabemos que la probabilidad de accidente se incrementa exponencialmente con el número de naves que pongas en el aire. Actualmente, aceptamos que cien aviones se la peguen al año si vuelan cien mil ¿Aceptaremos en un futuro que se accidente un súper crucero vacacional si cien llegan bien a su destino?. Y, lo más grave: ¿son estos cálculos los que, a caso hecho, están barajando las prepotentes navieras que explotan estos buques?.

Cuando transportas personas, la explotación por la explotación y el balance positivo en el ejercicio a cualquier precio no valen; hay que exigir responsabilidades suplementarias. Los super cruceros parecían estar apañándoselas bastante bien, hasta que pasó lo del COSTA CONCORDIA; y las medidas que se han tomado a consecuencia de este siniestro son buenas, pero no parece ni que las navieras ni el público -es decir, la demanda, que a veces parece tonta- hayan aprendido nada. Hay que exigir cruceros más seguros y menos saturados que el que se la pegó en Giglio. Lejos de ello, cada vez se construyen más grandes, calcados al accidentado, y en mayor cantidad, con novísimos sistemnas de propulsión -azipods- que en realidad sólo buscan sacar los motores fuera del barco para hacer más espacio dentro del “catafalco” del barco para poner más teatros, escenarios y salas de fiestas, pero que aún apenas superan la década de probada experimentación a flote. Diversión a tutiplém, pero riesgos, por mucho que se quieran disimular.

¿Estamos en vísperas de una nueva catástrofe que nos abra los ojos?. Esperemos que no, sobre todo, si se impone al fin el sentido común. Pero la mar, no lo olvidemos, ha puesto repetidas veces la soberbia del hombre en su sitio, y el COSTA CONCORDIA ha podido ser el aviso de los que está por suceder. Una nave nunca es perfecta, sólo el compromiso entre lo que se puede y lo que se quiere hacer. Repetir por tercera vez el paso en falso del TITANIC, y luego de los VLCC, en poco más de 100 años, nos conceptuaría como una de las especies más estúpidas del Orbe. Los pasos previos están todos dados: soberbia, pretensión de desmedida rentabilidad, exceso de confianza en los medios técnicos y de seguridad, gigantismo, presunción, desmedida demanda de placeres vacuos… ¿tendremos que repetir catástrofe para enterarnos de lo que ya es una verdad a gritos?. Aún estamos a tiempo de corregir, aunque, mucho me temo, el que lo intente clamará en el desierto ante el poder de los intereses creados. 

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